“Reflexiones a propósito del 12 de octubre de 1492”

A MODO DE INTRODUCCION: UNA CITA

“Varias historias de América principian con los viajes de Colón, volviendo después a veces, en un retroceso del relato, hacia lo que los primeros pobladores hispanos encontraron en nuestro continente. Se llega a más en ciertos casos: a considerar que la historia de América comienza sólo en 1492… es absurdo dar comienzo, sin más ni más, a la historia americana el día en que un grupo de navegantes europeos arribó a sus playas y se posesionó de varias de sus islas. Con ser, cual es, tan importante y decisivo dicho acto, no llega, sin embargo, a dar vida a una historia que ya existía, sino que le imprime otro rumbo, como ocurrió con la llegada de los norteamericanos al Japón, de los portugueses a la India y de los venecianos a la China”.

De esta manera el erudito historiador peruano Luis Alberto Sánchez, daba inicio al Tomo I° de su afamada obra “Historia General de América”. En torno a lo que él afirma, hoy parece existir un mayoritario consenso entre arqueólogos, historiadores y epígrafes para concluir que la historia de América no comienza, efectivamente, con el arribo de Colón al Nuevo Mundo sino, por el contrario, con el primer rey maya que mandó esculpir su nombre en una roca.

Sabidas son las diversas interpretaciones, grados de significancia y controversias que por sí misma genera esta fecha histórica tanto para latinos como para ibéricos; tanto para los pueblos autóctonos como para la mayoría del mestizo actual. El solo intento por buscarle un nombre adecuado, ya genera cuestionamientos: “Día de la raza”, “Día del descubrimiento de América”, “Día del encuentro de dos mundos”, “Día del encuentro de dos culturas”, “Día de la irrupción europea en América” y, algunos, lo tildan como el “Día del encuentro y desencuentro dos mundos disímiles”.

Como fuere, entre estas alusiones se concentra la visión de los “pueblos originarios”, la postura del ibérico y, por cierto, la visión del mestizo que carga sangre foránea por los cursos de sus venas, cual río tributario en busca del Amazonas.

Ahora bien, conjuntamente con lo anterior, se presenta, además, la vieja discusión de la “identidad” de los pueblos latinoamericanos.

Algunos estudiosos se han preguntado si en realidad ¿existe una identidad propia de los pueblos del denominado “Nuevo Mundo”? y de ser así ¿en qué medida se vio alterada por el aporte cultural ibérico? Por de pronto, esto último lo dejamos en manos de otros, pues materias de tamaña envergadura, requieren de mentes más preparadas que puedan acercarnos a tan interesante tópico.

Estas brevísimas líneas no son sino una sencilla reseña conmemorativa y reflexiva de los pormenores de lo que ha devenido en llamarse “Proyecto Colombino”, a objeto de traer al presente algunas de las vicisitudes – tal vez desconocidas – con las cuales debió bregar Colón al momento de planear su proyecto de viaje y, posteriormente, los problemas que le acarreó la ejecución del mismo.

Por regla general, tendemos a pensar – y aún a riesgo de estar errados – que no es mucho nuestro saber respecto del otrora Almirante genovés. Lo que, si podríamos afirmar, con seguridad, es que Colón (así como O’Higgins y Prat) debe ser uno de los personajes más próximos a nuestra infancia, ya que es en este período cuando emergen los grandes hombres y nombres de la historia, quedándose allí como recios ladrillos que conformarán los cubículos de nuestras mentes y los zócalos de nuestros nacientes conocimientos.

Si hoy el mundo se debate entre crisis políticas, sociales, económicas, culturales y espirituales, los tiempos en que Colón participaba a los reyes ibéricos de sus ideas cosmográficas y de navegación, también fueron periodos muy conflictuados. Si el siglo XIV d.C. fue – para el historiador Michel Mollat – el siglo de los “Tiempos Difíciles” lo había sido por las pestes, las guerras y las hambrunas que desolaron a buena parte de Europa. Al respecto dice el historiador Luís Rojas Donat “Con todo, Europa cristiana daría pruebas de una vitalidad asombrosa, que se hizo visible a través de una capacidad notable de adaptación frente a las circunstancias adversas y un gran poder de asimilación de los numerosos elementos culturales de otras civilizaciones. Es esta Europa de las catástrofes la que comienza a salir de su propio ámbito geográfico para conocer y dominar a otros pueblos de regiones ultra-marinas. En el siglo siguiente (XV), los europeos habrían de llegar a todas las partes del mundo”.

El siguiente siglo debería trastocar los sucesos ya señalados y marcar una apertura hacia lo desconocido y que se anhelaba conocer, aquello que aún estando al desamparo de la cristiandad, atraía a los hombres más audaces a fin de navegar y comerciar, aún arriesgando su propio sello de cristiano y todo cuanto ello implicaba y valoraba una sociedad administrada por los designios de Dios Todopoderoso.

Los hombres que se atrevían a cruzar más allá de los limes del Orbis Christianus, eran mezclas de intrépidos marineros con ambiciosos comerciantes y, por lo mismo, se desconfiaba de los primeros por no saber con certidumbre de dónde provenían y hacia dónde se dirigían y, de los segundos, porque no se sabía a ciencia cierta si comerciaban las cosas de Dios con pueblos paganos e infieles que no reconocían en Dios nuestro Señor, a quien les ha otorgado todo cuanto disponen en su vida.

Dentro de este ambiente, Colón deberá desenvolverse – no sin dificultad – en beneficio de sus objetivos. Y es que debió ser una experiencia muy desgastante enfrentar casi en solitario a este tremendo y legendario dogma religioso que le jugaba en contra al momento de avalar sus nuevos conocimientos geográficos. Por otra parte, debió hacer frente a la carencia de recursos económicos para realizar su proyecto; debió enfrentar la escasa credibilidad de su persona y de sus ideas y, por último, debió buscar y presentarse en desfavorables condiciones en los escasos escenarios intelectuales para que lo escucharan sin prejuicios, lo cual de por sí era ya una instancia que merecía todas las dudas del mundo. En una época en que se buscaban ideas y proyectos para llegar hasta las Indias Orientales y China con el propósito de comerciar las joyas de las “especias”, este hombre nuevo, extranjero y solitario, aparecía como una especie de peligrosa mente; como un simple vagabundo ambicioso intentando convencer nada menos que a los más altos intelectuales de la época de lo equivocado que estaban al creer, todavía, en las teorías que ponían a la Tierra en el centro del universo y que la misma era plana.

Llegará un suceso limítrofe-demarcatorio que a Colón le ayudaría –indirectamente– a su debido tiempo y ese era la concreción del Tratado de Alcácovas entre la corona lusitana y castellana en 1479. Por medio este tratado, la zona de navegación al sur de las Canarias y que rodea la costa oeste de África, quedaría bajo posesión portuguesa. ¿Qué significaba aquello? que el reino de Castilla renunciaba al comercio, viajes exploratorios y evangelización por la ruta africana, concentrándose ahora en la búsqueda de una nueva ruta hasta las Indias Orientales, sobre el paralelo de las Canarias y necesariamente en dirección Oeste. La situación parecía tomar ribetes propicios para nuestro futuro gobernador. Sin embargo, antes de presentarse con los Reyes Católicos, Colón lo hace ante el recientemente asumido rey Juan II de Portugal a fin de que pudiese apoyar su proyecto. ¿Qué habrá resultado de aquellas reuniones? En torno a ello el historiador español Alfonso García Gallo escribe lo que sigue “De posibles exploraciones por el Atlántico en dirección a Occidente, no queda testimonio alguno. Por estos años, desde 1476 a 1484, estuvo Colón en Portugal, donde si recogió indicios o noticias sobre la existencia de tierras situadas a Occidente, aquellas – de ser ciertas – fueron comunicadas por navegantes arrastrados por las tormentas, pero no como fruto de exploraciones sistemáticas. Por otra parte, es bien sabido que las negociaciones mantenidas por Colón en 1483 y 1484 con Juan II para navegar a la India por Occidente, fueron desestimadas como carentes de interés”. Pero ¡cuán equivocado estaba su Majestad Don Juan II! Más tarde se arrepentirá de no haber escuchado con mayor interés los planes que le platicara Colón en su momento.

Cabe recordar, que antes de intentar siquiera alguna opción con los Reyes Doña Isabel y Don Fernando, esta especie de Quijote del Océano en el que se había convertido Colón, encontró para su proyecto los oídos del duque de Medina Sidonia y del duque de Medinaceli, lamentablemente sin obtener los urgentes apoyos monetarios esperados. Nuevamente Colón fracasaba en su intento de llevar a la praxis sus ideas y proyecto final. Esta situación hubiera desanimado definitivamente a cualquiera, menos a este testarudo navegante italiano.

Por de pronto, una y otra vez, parecían cerrárseles las puertas al atribulado marinero genovés y para hacer frente a aquello tuvo que triplicar sus fuerzas y realzar sus motivaciones para reabrir alguna chance que parecía clausurada. Tan confiado estaba Colón de sus estudios geográficos (como que la Tierra no es plana y que el océano se puede atravesar), sus ideas cosmográficas (guiándose por las estrellas) y de navegación (hacia Occidente, usando el astrolabio, como los árabes, para precisar latitud y longitud) que no dio pie atrás ante nadie que lo contradijese, incluso, ni en la mismísima Universidad de Salamanca cuando por orden de la Reina Isabel, debió entrevistarse con los sabios de esta notable casa de estudios superiores a fin de que revisaran su proyecto colombino.

En dicha instancia, al parecer, fue fuertemente increpado por los geógrafos, cosmógrafos, teólogos y juristas para hacerle ver que sus cálculos en cuanto a dirección de viaje, distancia y tiempos de navegación, eran completamente erróneos y sin fundamente científico aparente. Más Colón prosiguió la defensa de sus argumentos basados en los estudios de Toscanelli, Pierre D’Ailly, más los relatos de Marco Polo. Frente al rechazo abismante de sus teorías, Colón busca el convencimiento de sus opositores aludiendo que llevaría a las tierras a las que llegase el santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo y concretaría un comercio de tamaña envergadura que haría de España ya no un Estado, sino un imperio. No obstante, los empeños y sueños de Colón, la sugerencia final que los sabios dieron a la reina conforme a aceptar o rechazar el proyecto del loco navegante, estuvo ligada más a la segunda opción. Sin embargo, cabe preguntarse, ¿su Majestad Isabel aceptará la recomendación de los catedráticos y teólogos de Salamanca?

A la sazón, Colón contaba con el respaldo de las buenas opiniones sobre sus capacidades y preparación para un viaje al extremo del mundo, de parte de algunos frailes franciscanos de La Rábida (monasterio en el cual vivió) – como fray Juan Pérez y fray Antonio de Marchena, confesor de doña Isabel – opiniones que se las hicieron saber a sus nobles Majestades de Castilla y Aragón. También fue de vital trascendencia el apoyo que el marinero genovés tuviera de los hermanos Pinzón, como así también de un personaje que los libros de historia suelen obviar y que creemos conveniente citar. Nos referimos al prestamista judío Luís de Santangel quien le proporciona una buena suma de dinero para el financiamiento de su expedición ultramarina y, también, le sirve como un intermediario para reunirse con la Reina en una importante reunión. Pero ¿a qué se debe la ayuda de Santangel para con Colón? ¿Esconde algo el judío? Al parecer la propuesta de colaboración, efectivamente, ocultaba una vuelta de mano de Colón consistente en poder llevar a vivir a las tierras a las que él llegase a algunos de sus familiares más cercanos que no han querido tomar el cristianismo como su única religión y, por ende, debían abandonar España. Estaba claro que en la tierra donde son soberanos los reyes católicos, sólo había espacio para cristianos, según lo indicaban los acuerdos para alcanzar la unión espiritual española.

Pero más allá de todas estas personas que indistintamente, con algo aportaron en la ejecución final del viaje, había algo en este Cristóbal de Columbus que, ciertamente, hicieron de él una persona creíble y confiable a los ojos de Doña Isabel y ello se notó desde el primer momento en que le conoció. Prueba de lo anterior, es que fue precisamente Ella la que decidió – per se – apoyar y autorizar el proyecto colombino haciendo caso omiso de las contrarias sugerencias de los sabios de Salamanca y la siempre presente indiferencia y desconfianza que Colón despertaba en el soberano Don Fernando de Aragón.

La tenacidad, la fe en sí mismo y la infinita convicción de no estar equivocado, por fin daban sus frutos para un hombre que luchó prácticamente en solitario contra la fuerte mano del Estado, contra los sermones de la Iglesia, contra el encierro mental-geográfico y contra las vetustas y conservadoras tradiciones de la época y contra todo cuanto significara oponerse a su radical sueño de navegar más allá del mundo civilizado y cristiano. Colón se ve y se siente como un hombre preparado para actuar en su tiempo, para crear su propia historia, para dejar fama de sus actos hiendo en busca del anhelado comercio ultramarino que le proporcionará, por cierto, riquezas, pero, además, en su fuero interno va en busca de poder comprobar lo equivocado que estaban los custodios del conocimiento, al albergar ideas científicas retrógradas que necesariamente debían ser renovadas.

Pero quedaba algo más antes de iniciar el afamado viaje, algo de tremendo valor para las partes involucradas en estos avatares. Se debía finiquitar lo concerniente a lo que Colón y sus Majestades recibirían producto de los posibles – o mejor dicho innegables – beneficios de la expedición colombina.

Las últimas reuniones dieron vida a lo que los historiadores han denominado como Capitulaciones de Santa Fe (abril 17 de 1492) y en las que se procederá a firmar los deberes y derechos de las partes contrastantes. Estudiosos del tema cuando se refieren a este suceso, prefieren hablar de una especie de donación hecha por los Reyes hacia Colón, mientras que otros poniendo en tela juicio lo anterior, se preguntan ¿fue en realidad una concesión o, por el contrario, una especie de contrato lo estipulado en las citadas Capitulaciones? A continuación, revisemos rápidamente lo que dicen algunos expertos sobre este tópico. El historiador Alfonso García Gallo escribe que “Las Capitulaciones fijan lo que los Reyes Católicos se decidieron a conceder a Cristóbal Colón en recompensa por los servicios que iba a prestar a la Corona”. Aquí queda esclarecida la primera postura que al parecer ha sido la que ha pasado a la posteridad. Ahora bien, su colega Juan Manzano Manzano señala que “…Colón consideró que ese era el precio que los Reyes debían pagar por la revelación de su secreto, esto es, la certeza de islas al Occidente…el genovés quería evitar que los monarcas, después del descubrimiento, pudieran retractarse o disminuirle el elevado precio que les exigió”.

Frente a esta enorme interrogante, creemos que de ninguna manera fue lo primero, por lo tanto, optamos por lo segundo. Y es que cuando uno como investigador se adentra al estudio más profundo de las discusiones, acuerdos y desacuerdos para concretar los asuntos finales fijados en dicho documento, advertimos – entre líneas – que los Reyes, no obstante, su poderío como un solo cuerpo unificado y representante absoluto del Estado, no estaban en condiciones (sobre todo económicas) de rechazar finalmente lo solicitado por Colón, pues ganarían mucho más de lo entregado al que será su nuevo almirante. Claramente este desconocido marinero genovés se las arregló para hacer “exigencias” a los monarcas españoles en tales capitulaciones y eso es lo que los soberanos hispanos intentan cubrir diciendo que las cosas “suplicadas” (solicitadas) por Colón fueron una concesión real de los reinos de Castilla y Aragón. Desde la perspectiva de los reyes, se comprende – claro está – que éstos no podían aparecer como sometidos a ante las decisiones de uno de sus súbditos que les exigía ciertos derechos por navegar bajo bandera española, pues perderían o debilitarían (ante las coronas vecinas) su imagen de grandes señores custodios del poder temporal y como máximos representantes del catolicismo en sus tierras.

En lo concreto, Colón exige ser nombrado Almirante, Virrey y Gobernador de la “mar-océano” y de las tierras a las que él llegue por su propia mano o por su lugarteniente, títulos que deberán heredar sus hijos y los hijos de sus hijos. A ello agrega el 10% de las ganancias que obtenga por concepto del comercio que pueda realizar en las tierras a las que llegue. Entre sus deberes quedaron consignados el de llevar la fe de Cristo, comerciar y, también, el que todo territorio al que arribe, será dominio y posesión de la Corona española.

Si ponemos en la balanza los deberes y derechos del almirante, podemos comprender el porqué del incremento de las desconfianzas de su Majestad don Fernando hacia Colón, pues en realidad los títulos con los que fue investido no habían tenido lugar en Estado alguno que iniciase sus fases exploratorias ultramarinas, por el contrario, la reina se mostró mucho más supeditada a las confianzas que había logrado generar con su súbdito y podía estar segura de que aquel respetaría lo acordado en las Capitulaciones. No ha de extrañarnos que cuando la reina doña Isabel fallece, no hubiera ya impedimentos para que don Fernando – a fin de radicar a Colón en España – lo   mandase a buscar, tras lo cual el almirante no regresará jamás a este Nuevo Mundo.

Interesante es que nos preguntemos ¿qué pasó con Colón en su arribo a estas nuevas tierras y a su regreso a España desde su primer viaje? A la primera consulta respondemos que en pleno viaje hacia las Indias Occidentales y como no se llegara prontamente a buen puerto, los problemas surgen entre sus marineros quienes se amotinan y exigen que su capitán les señale concretamente cuando arribarán al objetivo planeado. La verdad es que don Cristóbal no tiene claro cuando y a dónde llegarán, en el intertanto pudo controlar la situación hasta que en estas recientes fechas del 12 de octubre de 1492, logra llegar finalmente a una pequeña isla del archipiélago de las Bahamas, de nombre Watling, a la que los nativos denominaban Guanahaní y a la que Colón llamó “San Salvador”. Colón expresará al ver estas tierras que “ha visto el paraíso y que las gentes que lo habitan son muy humildes y pacíficas y así hemos de tratarlos”.

Por ultimo, frente a la segunda interrogante esclarecemos que cuando Colón regresa a España desde su primer viaje al Nuevo Mundo, pasará a Portugal y le comentará al mismo rey lusitano (Juan II que años antes lo ignoró), que las tierras por donde ha navegado, son extraordinariamente ricas y bellas. Sólo allí, don Juan II se arrepentirá de no haber dado crédito a ese marinero que casi despojado de sus conocimientos, dignidad y honor alguna vez se había presentado ante él para que lo escuchase y apoyase en su plan de viajar hacia Occidente, pero ya era tarde. Colón había viajado ahora bajo los emblemas castellanos y, por ende, aquellas tierras pertenecían a sus Señores Reyes de Castilla y Aragón y contra ello el monarca portugués poco o nada podía ya hacer. ¿O sí podía?.

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